Publicado en 15 Octubre 2018
Desde bien pequeña me tenía fascinada una imagen que se sucedía en algunas películas relacionada con vencedores y vencidos. A lo largo del tiempo descubrí que distintos pueblos desde la antigüedad tenían costumbres muy parecidas, en las que había como un culto a las cabezas cortadas. Cuando no eran los reductores de cabezas del Amazonas, eran los bebedores de cráneos, los mogoles jugando al polo con las cabezas de sus enemigos, el cortar las cabelleras, o empalar algunas como trofeo o símbolo de poder. Hace poco en una serie muy conocida este alarde es sin duda de imperiosa necesidad: o cortan y empalan las cabezas, o usan las caras de otros.
Esta curiosidad me llevó a la exposición que el Museu de Prehistoria de València recoge durante estos meses:CABEZAS CORTADAS.
El nombre de por sí ya llama la atención, pero cuando entras en la sala que la alberga te rodea el misterio.
Es una exposición viajera, llega desde el Museu d'Arqueologia de Catalunya; pues refleja los hallazgos de varios enclaves de la zona. Los restos están compuestos la mayoría por los cráneos de distintos individuos, aún con el clavo que los mantenía sujetos a su poste de dominio. Un alarde de valor y poder muy llamativo. Además de armas, formas de mantener y exhibir los cráneos, la exposición también cuenta con los estudios que se llevan realizando sobre ellos, su significado y las técnicas de mantenimiento.

Pero , puestos a ver símbolos de poder, es curioso que durante casi el mismo tiempo se pueda visitar otra exposición, que recorre en el tiempo varios siglos, pero no por eso deja de tener su importancia.
La exposición PRIETAS LAS FILAS: VIDA COTIDIANA Y FRANQUISMO me llevó también a una etapa de mi niñez, aquella en que mi abuela me contaba cómo fue la guerra y la posguerra, cómo la vivió ella, nacida con el siglo XX recién llegado. Aquí pude ver fotografías, tarjetas postales, revistas, libros de texto, etc. todos ellos como fórmulas de adoctrinamiento, censura y poder. También los objetos: medallas, cruces, escapularios, cartillas de racionamiento... algunos de ellos los guardaba mi abuela como un tesoro; otros de uso cotidiano como la olla a presión, televisores, máquinas de coser. Sin duda, todo ello, reflejo de una época de cambio fragmentada por el abuso sobre el libre pensamiento, marcada por los valores de la Iglesia católica y el aleccionamiento en las escuelas.


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